27 de marzo de 2012


¿Porqué tantas guerras y pocas flores?
¿Porqué tanto odio y pocos amores?

Una escena de película.


Sus dulces frases acortaron la respiración de mis adentros. Fue tanta la expectación que me quedé perpleja ante semejante acto desenfrenado y un tanto lúdico, que en lo barbárico de la escena se paralizó, porque tu reproductor de videos se cansó.

25 de marzo de 2012

La literal danza de las libélulas

Cuántas libélulas danzaban
por la musa que sus oídos escuchaban,
llenaban el espacio con tus cantos,
el alfil por ejemplo, al escucharse, se quedó anonadado.

Tus ondeados sienes llevaban su compás,
y la guitarra con tus manos, no hacían más que cantar.
Cantaban tus manos con el vaivén de tus pies,
y las libélulas en su baile volaban por doquier.

Cangrejos azules y barcos de cristal,
en ella las libélulas viajaban sin chistar,
y en la ventana de un catalejo que me encontré,
ahí estaba tu mirada con canciones del ayer.
Hablaste de un Martin Rivas, de un tal no se qué,
pero al igual que las libélulas, ya me encuentro
cantando tus versos, otra vez.

Dices que Manueles caen de frente,
y las libélulas en tu pecho se agitan,
con la témpera de colores incandescentes,
tus bellos colores que parece que encandilan.



Para la libélula inspiradora.

24 de marzo de 2012


¿Por qué tus libélulas son dulces versos de melodías en canción?

17 de marzo de 2012


¿Por qué siempre dices nunca, y nunca es siempre?

16 de marzo de 2012

Ciento Diez Protestas



Protestando en cien palabras. En noventa y nueve se me va el alaraco grito de una consigna, en noventa y ocho me encuentro en la algarabía de unos estudiantes marchando y saltando, en noventa y siete viajo en la conciencia de las gentes que nadan a contracorriente de la rutina, en noventa y seis prosigo con el semblante humilde de unos pocos, en noventa y cinco me detengo en la fría zona de la lejanía combatiente y ciudadana. En noventa y cuatro me siento en el sillón, miro la tevé y observo a la muchedumbre que he llevado describiendo, como si me hubiese movido con todos ellos.

La calle en las gentes.

Somos más que un grupo, mucho menos que humanos gastando zuelas por solo querer caminar. No es lujurioso, una suerte de placer inexplicable puede correr nuestros componentes neuronales, cual beso múltiple entrega una indescriptible sensación en quienes vamos en el hilo sin enhebrar. 

El cuadro puede parecer de una orgía popular que consiste en la catarsis del pueblo, de las viejecillas de casas marginales, de hippies que viajaron a través del tiempo, otras jovencitas mostrando cortas vestiduras, cientos de artesas con utópicos cannabis, unas africanas mestizas que bailan al son de un gentío sublevado por el danzar de esas percusiones que se podrían describir un tanto demoníacas, otros expelen al ambiente unos rituales cuyo lenguaje es de otro planeta. A los lados parecen venir escoltados por semejantes felinos que presentan un disfraz amargo, sucio, un poco guarenesco que complementa este papel de mantenerse alerta, cual salvaje león alertando a su presa. Pero los colorinches personajes no suelen inmutarse por aquellos que parecieran esperar una señal del enemigo para actuar... nada ocurre, incluso parecen burlarse de ellos. Otros cargan banderas rojas, como si tuvieran su patria dominada, su lugar en esta algarabía espeluznante que se agolpa en las callejuelas de la ciudad, en el centro de la rutina y de lo inhumano, en lo normal y repetido, en lo insensato y en lo robótico. 

Yo voy con ellos, y aún así me pregunto porque los sigo. Pareciera que junto a su locura, quisiera romper con la cordura, que la fluidez de su esperanzadora campana libertaria hace que las aves vuelen con más aire por el firmamento, o que sus sueños parecen reales en un país o en una sociedad que no se inspira en tal obra de arte. Unos bailan y otros gritan, muchos fuman y pocos se quedan callados, es imposible no formar parte de la masa, es inconcebible no tener pecados capitales con semejante panfleto atrayente, seductor que nos desenfoca de la misma melodía de la vida. Y encontróme aquí, con los zapatos de caña baja en la corriente de los cambios, en la simbología cromática más extraña que se precipita con todo a su paso, a punta de alentado grito, y de sofocante aliento.

Porque no somos solo la levadura, sino también el motor, el ritmo.


                                        Para una simple - mente social, con ocaso de sol en el mar.